(contribución en la 16 SNCyT, UNPA, campus Tuxtepec)

¿Por qué hablar de la cultura popular y su expresión por medio de las leyendas tradicionales en una semana dedicada a la ciencia y la tecnología? ¿Hemos perdido el camino de la razón para darle paso al oscurantismo, a la tradición, al atavismo?
Sería así solo si conserváramos una imagen tradicional de la ciencia en la que se reafirmara la famosa Guerra de las Ciencias que delineó C.P. Snow: las humanidades, los humanistas, la parte débil del saber contra sus enemigos los científicos experimentales, puros, duros, racionales. Pero como dice otro autor más o menos reconocido Bruno Latour: los humanistas somos científicos en su expresión amplia, generamos conocimiento con métodos distintos aunque sin certezas estadísticas a veces. Pensar en la escicisión entre ciencias duras, experimentales, y aquellas “blandas” que tratan sobre lo humano, sobre lo social, sobre la cultura, es anacrónico, es miope y es para acabar pronto: cientificista; un reduccionismo cuya nocividad es tan evidente que los planes de estudio de nuestra universidad lo rechazan con la integración de la filosofía y el pensamiento sistémico en todas sus carreras científico-tecnológicas.
“La leyenda” es la forma en la Philip Kitcher refiere a la filosofía de la ciencia clásica, que cree que en la actividad humana solo hay una forma posible y válida de conocimiento: la ciencia. Y dice además que si no se arropa en la lógica, si no opera a través de la verificación empírica de cada uno de sus enunciados, si no se contrapone a la opinión popular, a la intromisión del vulgo no científico, entonces el conocimiento no es tal, ni científico ni de ningún tipo.
Hablando de la región, de la estimación de la ciencia, de esta visión legendaria de la misma que no aprecia a lo popular, a la doxa, al atavismo, a lo tradicional, sino como expresiones de lo primitivo, de la sinrazón, de la oscura, ingenua, mente regional, puedo remitirme a “La vida primitiva en la Cuenca del Papaloapan” mural de la presa Miguel Alemán realizado por el taller de integración plástica de Jesús Chávez Morado. A saber y por comunicación directa con Héctor Cruz, uno de los artistas plásticos involucrados con su realización, el mural fue resultado de: “un viaje de estudios por toda la región de la Cuenca del Papaloapan, para estudiar el paisaje, la naturaleza, las poblaciones, las diferentes etnias, sus tradiciones , el aspecto mágico-religioso en la vida de sus habitantes y sus antecedentes históricos, realizando pinturas, dibujos, fotografías, etc. con lo que elaboramos los proyectos para posteriormente [...] realizar esta obra monumental”.
No se trata de desestimar el trabajo de investigación y plástico de Héctor Cruz y sus compañeros, pero sí que es notable el discurso colonialista, positivista, del mural. Este engrandece el abandono de la tradición como condición del avance tecnológico que tiene como punto cenital la construcción de la presa: lo ancestral, el pensamiento mágico-religioso, las prácticas tradicionales de curación, de sanamiento, la relación del ser humano con un entorno caótico, exhuberante, incontenido, impredecible, son la imagen de la cuenca antes de la llegada de la razón que muestra la contraparte del mural: médicos, ciencia, industria, ingeniería, naturaleza contenida en presas, en distritos de riego, en campos de cultivo son el nuevo edén que impusieron la ciencia y la tecnología que trajo la Comisión del Papaloapan.
Hay un antes y un después de la ciencia y la tecnología, y ese después es luminoso en el mural de Temascal y en la imagen tradicional de la ciencia. En esa perspectiva la ciencia tiene que negar la tradición pues esta es sinónimo de lo oscuro, de la ignorancia, de lo irracional. La tradición oral, el sentir popular, las historias colectivas, la cosmogonía, la metafísica tradicional carecen de sentido, son frivolidades, notas curiosas, historias de viejos en el contexto de la ciencia positiva. ¿Así tendría que ser ante la racionalidad científica, no?
¿En contraste existe una valoración diferente para la tradición frente a la ciencia o la generación de conocimiento, es decir un lugar distinto para la tradición en un espacio destinado a las ciencias como la 16 Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología? Definitivamente sí y ese lugar se gana en las nuevas perspectivas sobre las disciplinas científicas que niegan la imagen legendaria de la ciencia de la que hablaba Kitcher, asume que hay distintas formas de conocimiento y que todas merecen atención. Si bien atienden a la ciencia “dura” conciben que hay preguntas cuya respuesta no se reduce a una apreciación única y definitiva, experimental, cuantitativa. En el terreno de los “hubieras” una perspectiva respetuosa del multiculturalismo habría hecho del mural de Temascal una explicación plástica de cómo el pasado y la tradición definen el ser cuenqueño, chinanteco, mazateco. Por cierto que quizás en el momento de la construcción de las presas atender a la tradición hubiera impedido el etnocidio mazateco, o chinanteco del que han hablado Alicia Barabas y Boege, entre otros.
Se trata de “hubieras” en efecto, una mirada severa sobre una empresa que se realizó en el contexto del triunfalismo tecno-científico que despreciaba a la tradición, quizás debemos dejar de exigir desde nuestra perspectiva, pero eso nos debería de comprometer a evitar el sistemático abandono de la tradición a favor de la ciencia pues mirar solo a la primera nos lleva a emprobecer nuestra imagen del ser humano: ciencia sin humanismo fue igual a etnocidio, progreso sin tradición es puro colonialismo.
Desde hace tres años he sido testigo y promotor de que en la Semana de la Ciencia y la Tecnología se de un espacio a las humanidades. En este caso se buscó dar un espacio a la tradición, a la tradición oral de la leyenda, por varias razones: por un lado es una manifestación más de la región, de su riqueza cultural. Pero particularmente las leyendas cumplen una función que va más allá de la pura anécdota: sirven para entender la identidad del que habla, para saber de sus miedos, de sus anhelos, de lo que no es, de lo que sí es y de lo que pretende ser, de su espacio, de su relación con su ambiente, de su sistema de valores. En conclusión y siguiendo un tanto la línea de Octavio Paz: la leyenda nos da cuenta de la identidad del que las preserva. En “Los hijos de la Malinche” de El Laberinto de la Soledad Paz afirma de la identidad de los mexicanos que somos seres que no se abren, se rasgan violentamente y tratan de rasgar, seres que sienten una profunda tristeza por su historia de conquistados; que exhiben en la imaginería sobre la madre abnegada, sobre la virgen de Guadalupe, sobre la leyenda de la Llorona, en el culto a la mujer sufridora, la definición de su miedo y odio por haber sido conquistados, heridos, sometidos. Paz define el ser mexicano a través de una palabra popular; “chingar” y una leyenda; la de la mujer que llora por sus hijos. La tradición nos define y nos explica, eso, eso es generación de conocimiento sobre nosotros mismos y con eso, creo se ilustra la necesidad de no olvidar a la tradición en una semana dedicada a la generación y difusión del conocimiento científico.
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