En el contexto de tu comentario que me llevó a la vez a tu “Respuesta a Yocandra”, estaba mi cabeza dando vueltas alrededor del mismo tema o una variación del mismo: la forma en la que los científicos también ven con mala actitud a las humanidades. Casos célebres hay varios, pero a mí me inquieta el tema de cómo sostenerse en una institución de educación superior siendo de los pocos profesores-investigadores en humanidades, frente a una mayoría de investigadores de las ciencias “duras”. Te cuento que la experiencia, que es mi experiencia, es agotadora, pues aparte de la labor propia de mi chamba, tengo que sostener mis proyectos, mis cursos, mis intereses frente a una administración académica que entiende a los “duros”, pero ve con suma extrañeza y desconfianza a los que en contraste somos los “blandos” (caso concreto y como ejemplo: la institución ve con desconfianza que el gasto de inversión --que incluye instrumental y equipamiento de laboratorio en el caso de los “duros”-- en mis proyectos sea tan bajo, en contraste con los gastos corrientes que en mis propuestas son los que dominan en el presupuesto –y que incluyen ediciones de libros, viáticos, gastos de documentación o servicios de información, por ejemplo). Las administraciones académicas de centros de educación-investigación son reacias a entender que la ciencia o la investigación se puede hacer sin aparatos millonarios, sustancias apestosas o supercomputadoras.
Cuesta trabajo pues justificar gastos de edición de un libro, frente a necesidades apremiantes como climatizar un laboratorio. Básicamente porque no se entiende a las humanidades, y además como los humanistas no usamos equipo sofisticadísimos, somos objeto de la duda y la desconfianza de cualquiera de nuestros superiores o colegas investigadores “duros”.
Lo peor no es eso, sino que el ánimo de subestimación y desconfianza permea desde el edificio de académicos a las aulas, y los alumnos, frente a materias pesadas, duras, laboriosas, como cálculo, métodos numéricos, bioquímica, etcétera, ven los cursos de filosofía con una ligereza insultante. No es poco frecuente que los alumnos se den cuenta al final de mi curso que es tan serio como el resto, y es de la misma manera ignominiosamente sistemático el afán de los mismos alumnos de cortar el hilo por lo más delgado suplicando oportunidades y favores para pasar el curso mientras que asumen quedar suspendidos (reprobados) en una materia “dura”. ¿Por qué hacen esto? Supongo que porque asumen la poca importancia que tiene en su formación profesional la filosofía (hace no mucho me enteré que algunos alumnos pedían un curso terminal optativo de filosofía e historia de la ciencia básicamente porque querían aumentar su promedio). En general asumo a veces con mucha tristeza y tragando angustia (como tú mencionas) que los alumnos hacen lo que sus maestros o la mayoría de ellos (recuerdo por ejemplo que cuando yo decidí dedicarme a la filosofía e historia de la biología, un viejo maestro, experto en taxonomía de cladóceros al que admiraba mucho me pregunto socarronamente por qué iba a dedicar mi vida académica a indagar qué fue primero si el huevo o la gallina; supongo que bromas como estas se hacen a costillas de las humanidades contantemente) al subestimar a las humanidades en una universidad eminentemente tecnológica ocupada física y políticamente por los “duros”: químicos, biotecnólogos y demás.
Seríamos mejor comprendidos por la sociedad si hubiéramos dedicado nuestros ánimos profesionales al “management”, por los biólogos si no hubiéramos sido para ellos ángeles caídos de las ciencias de la vida, y por los filósofos quizás si fuéramos menos o más positivistas, dependiendo de la filiación del filósofo particular que nos enjuicie. Lo único incontrovertible es que ya estamos acá y que hay que asumir postura y plantarse en la defensa. Más allá de una metáfora futbolera siempre que pienso en la custodia de mi disciplina, recuerdo la última secuencia de “Alatriste” la película de Díaz Yañez basada en las aventuras míticas del personaje de Reverte: en la que el capitán, muerto casi, perdida la batalla, sin perder orgullo, se planta con estoques al frente en mano esperando al enemigo, firme.
¡Qué clavado!






