miércoles, julio 15, 2009

Respuesta a la Respuesta de Yocandra

En efecto, con frecuencia uno se topa de frente con la subvaloración de las humanidades y la filosofía. Tu entrada, tu comentario a la mía, todas, son parte de la labor de defensa del “gremio” y de la libertad y posibilidad de reflexionar en agua que no moja.

En el contexto de tu comentario que me llevó a la vez a tu “Respuesta a Yocandra”, estaba mi cabeza dando vueltas alrededor del mismo tema o una variación del mismo: la forma en la que los científicos también ven con mala actitud a las humanidades. Casos célebres hay varios, pero a mí me inquieta el tema de cómo sostenerse en una institución de educación superior siendo de los pocos profesores-investigadores en humanidades, frente a una mayoría de investigadores de las ciencias “duras”. Te cuento que la experiencia, que es mi experiencia, es agotadora, pues aparte de la labor propia de mi chamba, tengo que sostener mis proyectos, mis cursos, mis intereses frente a una administración académica que entiende a los “duros”, pero ve con suma extrañeza y desconfianza a los que en contraste somos los “blandos” (caso concreto y como ejemplo: la institución ve con desconfianza que el gasto de inversión --que incluye instrumental y equipamiento de laboratorio en el caso de los “duros”-- en mis proyectos sea tan bajo, en contraste con los gastos corrientes que en mis propuestas son los que dominan en el presupuesto –y que incluyen ediciones de libros, viáticos, gastos de documentación o servicios de información, por ejemplo). Las administraciones académicas de centros de educación-investigación son reacias a entender que la ciencia o la investigación se puede hacer sin aparatos millonarios, sustancias apestosas o supercomputadoras.

Cuesta trabajo pues justificar gastos de edición de un libro, frente a necesidades apremiantes como climatizar un laboratorio. Básicamente porque no se entiende a las humanidades, y además como los humanistas no usamos equipo sofisticadísimos, somos objeto de la duda y la desconfianza de cualquiera de nuestros superiores o colegas investigadores “duros”.

Lo peor no es eso, sino que el ánimo de subestimación y desconfianza permea desde el edificio de académicos a las aulas, y los alumnos, frente a materias pesadas, duras, laboriosas, como cálculo, métodos numéricos, bioquímica, etcétera, ven los cursos de filosofía con una ligereza insultante. No es poco frecuente que los alumnos se den cuenta al final de mi curso que es tan serio como el resto, y es de la misma manera ignominiosamente sistemático el afán de los mismos alumnos de cortar el hilo por lo más delgado suplicando oportunidades y favores para pasar el curso mientras que asumen quedar suspendidos (reprobados) en una materia “dura”. ¿Por qué hacen esto? Supongo que porque asumen la poca importancia que tiene en su formación profesional la filosofía (hace no mucho me enteré que algunos alumnos pedían un curso terminal optativo de filosofía e historia de la ciencia básicamente porque querían aumentar su promedio). En general asumo a veces con mucha tristeza y tragando angustia (como tú mencionas) que los alumnos hacen lo que sus maestros o la mayoría de ellos (recuerdo por ejemplo que cuando yo decidí dedicarme a la filosofía e historia de la biología, un viejo maestro, experto en taxonomía de cladóceros al que admiraba mucho me pregunto socarronamente por qué iba a dedicar mi vida académica a indagar qué fue primero si el huevo o la gallina; supongo que bromas como estas se hacen a costillas de las humanidades contantemente) al subestimar a las humanidades en una universidad eminentemente tecnológica ocupada física y políticamente por los “duros”: químicos, biotecnólogos y demás.

Seríamos mejor comprendidos por la sociedad si hubiéramos dedicado nuestros ánimos profesionales al “management”, por los biólogos si no hubiéramos sido para ellos ángeles caídos de las ciencias de la vida, y por los filósofos quizás si fuéramos menos o más positivistas, dependiendo de la filiación del filósofo particular que nos enjuicie. Lo único incontrovertible es que ya estamos acá y que hay que asumir postura y plantarse en la defensa. Más allá de una metáfora futbolera siempre que pienso en la custodia de mi disciplina, recuerdo la última secuencia de “Alatriste” la película de Díaz Yañez basada en las aventuras míticas del personaje de Reverte: en la que el capitán, muerto casi, perdida la batalla, sin perder orgullo, se planta con estoques al frente en mano esperando al enemigo, firme.

¡Qué clavado!

jueves, diciembre 04, 2008

La razón patologizadora

Hace poco, en una reunión académica varios profesores universitarios hablábamos del bajo rendimiento de los alumnos. Dabamos nuestras propias explicaciones y soluciones, todos, como dijo después un compañero: creíamos que teníamos la "quintaesencia" de las estrategias pedagógicas, que nuestros métodos didácticos eran infalibles y cada uno de nosotros nos asumimos extraordinarios mentores, si hay algún académico malo, todos pensabamos: "ese no soy yo".

En fin, entre la diversidad de estrategias, herramientas, perspectivas, yo hablé de las propias y al lado mío un compañero habló de la necesidad de hacer un diagnóstico, una clínica y una terapeútica para remediar el problema que nos ocupaba. En ese momento respingué, respondí y desde ese día traigo una idea en la cabeza que circula por varios temas y que he aplicado a diverosos asuntos: la tendencia natural de cierta razón arrogante a medicalizar los asuntos más triviales, a patologizar al incauto más próximo. 

Y traigo el asunto en la cabeza de revisitar a Foucault y tengo en el escritorio 4 libros al respecto para abonar a mi propio tema de investigación actual: la patologización de lo nativo que hace la razón occidental a través de la medicina. Y en esas estoy, pensando en el tema de los alumnos que tienen "mal" desempeño, patologizando a los alumnos, pensando en los indígenas mazatecos y chinantecos, desplazados de sus lugares de origen hace más de 50 años por una razón ingenieril, técnica, económica y sanitaria que superó la propia. Y digo que en esas, justo en esas cavilaciones estoy, cuando me entero que una comisión de la Asamblea de Representantes de Distrito Federal aprobó la restricción de la venta de bebidas alcohólicas a ciertos horarios. 

¿Y qué tienen que ver todos estos asuntos? No lo sé con exactitud, pero tengo la intución de que el Jefe de Gobierno del DF está patologizando a sus gobernados, o por lo menos infantilizándolos al grado de actuar como un patriarca inflexible, sabio soberano racional que conduce la vida de, en su lógica, sus estupidos o enfermos gobernados. Ebrard parece ignorante de las malas pasadas que nos han hecho sufrir en México los gobiernos que imponen su razón, supuesta razón de Estado, sobre la posibilidad y derecho de los ciudadanos de decidir a libertad plena qué hacer o no con su triste y miserable vida común y corriente. No sé si en el "peor de los casos", pero en el otro extremo puede ser que la razón de derecha está detrás de los mandatos de una supuesta ignorancia histórica o ingenuidad política de Ebrard, y es más bien la perversa intención de hacer pasar su mano derecha, asfixiante para los ciudadanos, como una generosa siniestra. 

Es cosa curiosa y quizás respuesta a la actitud de Ebrard, que la razón dominante, la razón arrogante que no entiende de libertades, no entiende más que de normas, castigos y más castigos, es la razón colonialista, la patologizadora, la que ve alumnos patológicos, indígenas patológicos, ciudadanos que son patológicos ignorantes, bebedores y fumadores, ofensores patológicos de la racionalidad pulcra, sana, sanitaria, limpia, límpida. Esa razón, es la razón de la derecha y la mano actuante de un gobierno de izquierda en el Distrito Federal no es más que la imagen especular de una neurótica mano derecha.

Malaventurados los habitantes del Distrito Federal; acá, a la orilla del río, a unos minutos de la urbe, aun podemos empuñar cerveza y sofocar la sed, como un acto público de convivencia. Hasta ahorita, una de las más divertidas libertades no ha sido patologizada; esperemos que nunca llegue la razón arrogante. 

 

viernes, julio 18, 2008

La NASA en Mérida y Don Puc

Científicos de la NASA visitarán Mérida proximamente para la puesta en marcha de un proyecto ambicioso que más allá de críticas parece hacerle bien a una región tan empobrecida como Chixculub Pueblo. Al respecto El Universal anuncia lo que en unos días será una nota bien cubierta:


Científicos de la agencia espacial promueven declarar a este sitio yucateco, ubicado a 25 kilómetros de Mérida, como Patrimonio Científico de la Humanidad, lo que permitiría crear, en primera instancia, un corredor turístico para contemplar los secretos que guarda el lugar.

Con la designación, que tendría que aprobar la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), también se generarían cientos de empleos que aliviaría la pobreza extrema que sufren, al sustituir el cultivo del henequén que por años los mantuvo y que hoy prácticamente desapareció.

El Universal, 18 de julio de 2008

Turismo científico. Una más de la invenciones del ánimo snob que permite la fuerte economía de los países ricos, cuyos ciudadanos se dan vacaciones temáticas: ora etnológicas en las Islas del Pacífico Sur, ora geopaleontológicas en la península de Yucatán. La entrada de divisas en la región parece ser el interés de muchos, el ánimo científico que justifica el valor de la región bien puede irse al diablo. Por lo menos creo que así piensa Don Laureano, agricultor y cuidador de un rancho en Yucatán, para quien la ciencia es cosa de echarse a menos: “Los científicos mienten mucho, dicen cosas y no se sabe si es cierto”, declara para la nota de El Universal

Por cierto, para el secretario del ayuntamiento de Chixculub Don Ramón Puc, la comprobación de una verdad científica nunca fue tan apremiante:

El secretario del ayuntamiento, Ramón Puc Dzul, dijo que “se debe aprovechar para beneficio del pueblo” y que las investigaciones ubiquen a este lugar como el punto de impacto [del meteorito].

El Universal, 18 de julio de 2008

Quizás cuando los de la NASA corroboren el dictum científico ante los medios y la comunidad local e internacional, Don Ramón podrá hacer proyectos; en un futuro dar cuentas alegres a los ciudadanos de Chixculub, a sus partidarios, a los adversarios que verán con envidía la derrama dejada por el turismo y la consiguiente mejoría en las condiciones de sus gobernados chixculubenses. Con suerte se hará de una curul en el congreso local, contradiciendo la inutilidad de la ciencia; de una u otra forma la ciencia le servirá a Puc para mejorar en la vida.

martes, julio 08, 2008

El filósofo

Para discutir qué es la filosofía, je!!!


jueves, enero 24, 2008

Biotecnoteca

"Aborto y acrobacia argumentativa" de García Deister

Un link a una entrada que vale la pena:

Aborto y acrobacia argumentativa.

martes, enero 22, 2008

Un estudio interesante

Creo que lo intuíamos los viejos treintones que sabemos usar las herramientas de la información pero que nos educamos con libros. Lo vemos más los profesores universitarios: los jovenes pueden ser muy hábiles para conseguir información en la red, pero la discriminación, manipulación y uso de la información deja mucho que desear en muchos casos.

Pioneering research shows ‘Google Generation’ is a myth

jueves, noviembre 29, 2007

La obligatoriedad de marginar

Con la guardia arriba contra la violencia médica por una anécdota de la universidad en la que laboro, me encuentro con esta nota acerca de nuestro sapientísimo y oscurantísimo Secretario de Salud.
La remito y luego la comento:

martes, noviembre 20, 2007

Apostoles de la verdad

Uno cree que habrá opiniones que nunca va a volver a leer, que ya nadie cree en los bustos de bronce, ni sostiene imagenes inmaculadas de la ciencia ni hace epopeyas de las conquistas de la ciencia positiva. Va pues la crónica de por qué Wilson es apostol de la verdad frente a los embates de los científicos de izquierda ("Por si no te queda claro, estoy siendo irónico Marge", H. Simpson).

sábado, octubre 27, 2007

Más del escándalo Watson

La opinión de Julio Rubio en La Jornada: "Contra James Watson".

jueves, octubre 25, 2007

Ciencia-religión

Confío en la ciencia, soy algo así como bright, ateo ultroso, me han dicho cientificista irredento pero creo en que lo emotivo es parte de lo que nos hace seres humanos o bien una consecuencia evolutiva que no debemos desaprovechar por fundamentalismos de ningún tipo. Así en un ámbito privado e íntimo existen, creo, emociones que deben ser respetadas en los sujetos que quieran experimentarlas, la fe entre una de ellas. Negarlas en favor de los mismos reduccionismos que dicen del amor que es un cocktail de neurotransmisores es miope; todos los fundamentalismos, incluso el científico, llevan al oscurantismo o a la ingrata condición de explicar el amor a través de un libro de neurofisiología en lugar de sentirlo en la extensión de una cama. Defiendo la libertad de cualquiera por creer en la Santa muerte, en el Niñopa, en los Pumas. Lamento, por otro lado que mucha gente tenga el mal tino de caer en las garras de la iglesia caólica o en la fanaticada del America, motivada por su necesidad de creer en algo.
Van pues opiniones muy en el tono de ciencia y religión.
Va la opinión de Luís González de Alba, "Castigar la educación religiosa infantil" en Milenio Diario
Y las columnas de Martín Bonfil, "Ahí viene la iglesia" y "Ética y naturaleza" en Milenio Diario

miércoles, octubre 24, 2007

Magister dixit


No se trata de un asunto de estupidez o inteligencia, sino de intereses. La gente que ha calificado de poco brillantes las recientes declaraciones de James Watson acerca de la inferioridad intelectual de la gente negra de Africa, deja de ver un asunto importante: hay estúpidos por donde uno levante una piedra, pero esos pocas veces ganan un premio Nobel; y aunque cada vez es más cuestionable la calidad y los intereses de la gente que atribuye dicho premio a tal o cual personaje lo cierto es que Watson no es poco brillante sino un ejemplo típico de un científico con intereses, que se vale de la ciencia para abonar sustento a sus pretensiones personales y de otros que piensan como él.

Watson fue ganador del premio Nobel de medicina en 1962 por el mérito de proponer en 1953 junto a Francis Crick una estructura molecular del ADN que resultó explicativa de muchos fenómenos biológicos y heurística. Recientemente, para ser precisos el 14 de octubre, el Sunday Times publicó una entrevista en la que Watson afirmó que se debía tener cierta reserva sobre las políticas de ayuda a África en tanto éstas se piensan con el prejuicio de cierta igualdad intelectual entre los blancos y los negros africanos, mientras las pruebas indican que no hay tal igualdad. En un mundo políticamente correcto, las afirmaciones de Watson fueron incendiarias: el Science Museum de Londres suspendió una charla que iba a dar el científico para presentar su libro autobiográfico, el laboratorio de Cold Spring Harbor de Nueva York lo relevó de sus responsabilidades administrativas, la Sociedad británica para la responsabilidad de la ciencia ha cuestionado seriamente la integridad intelectual del otrora laureado científico y ha provocado una avalancha de críticas.

No es para menos, eso es incuestionable, el racismo y la incitación a sostenerlo en virtud de razones científicas es un asunto perverso, pero nada nuevo. Y es que más allá de la tendencia o proclividad de sostener la superioridad o inferioridad de un grupo racial, existe un asunto aun más inquietante: el diseño de la ciencia como herramienta para lograr la marginación, y digo “el diseño” por decir algo así como “la construcción” en lugar de aseverar sólo “el uso” de la ciencia como herramienta de la segregación.

Watson expresó una disculpa pública en The independent y por principio de cuentas adujo una mala interpretación de lo dicho en la entrevista. Mientras que el Sunday Times asegura la literalidad de las palabras de Watson, la benevolencia puede conceder el desliz o la ausencia de contextualización de sus opiniones. Lo que resulta interesante es que la excusa va acompañada precisamente de una serie de imágenes de la ciencia muy clásicas y especialmente de una visión fundamentalista y reduccionista de las explicaciones biológicas: la genética, al decir de Watson, debe ser el inicio de las explicaciones de todos los fenómenos no sólo biológicos sino humanos.

Y es que el punto central de las críticas Watson es la escasa atención que hace de las polémicas sobre lo que es la inteligencia. Lo que Watson no dice y no concibe es que la inteligencia es un concepto poco claro, subjetivo, construido, que no se define sin dificultad y que no es mensurable de manera inobjetable; decir que en virtud de sus características genéticas tales o cuales grupos raciales son más o menos inteligentes es como decir que en virtud de sus características genéticas tales o cuales grupos son más buenos que otros. La bondad y la inteligencia además de que son subjetivos son conceptos construidos en contextos muy particulares. Desde otra mirada sostener gradaciones de la inteligencia en virtud de la racialidad o diferencias genéticas, es tratar de extender un grupo de explicaciones de cierto nivel hasta fenómenos alejados y de un orden superior por voluntad de encomios personales. No es la primera vez que pasa y como dijo en una ocasión el filósofo Ambrosio Velasco ante la cara estupefacta de un entrevistador cientificista, René Drucker, han sido más las veces en las que la ciencia se ordena y alinea en virtud de ánimos segregacionistas y perversos que aquellas en las que ha satisfecho demandas extendidas, populares y democráticas. Lo que pasa con los productos virtuosos de la ciencia es algo similar a lo que dice Dag, personaje de Generación X de Douglas Coupland, sobre los personajes célebres: son tales en virtud de que hacen rico a alguien.

Casos hay muchos y en algunos de ellos se puede observar una alternancia de justificaciones: en una sociedad, como dice Foucault en Genealogía del racismo, debe existir cierta tensión entre distintos sectores, la opresión de unos sobre otros es la forma común, la segregación y búsqueda de la aniquilación de uno u otro son la cuna del racismo. En tales fenómenos de ejercicio del poder real se invocan con frecuencia principios científicos y se elaboran herramientas de vigilancia, control, proscripción, marginación. Lo curioso es que aun cuando las justificaciones científicas de éstas mutan, se desechan o cambian, las acciones y herramientas de opresión se mantienen: en otras palabras, la ciencia justifica ora de una forma, ora de otra, ánimos de marginación que no cambian y son constantes. El fundamentalismo genético de Watson es una más de muchas elaboraciones que se pueden usar en el ánimo de sostener el racismo.

En ese camino y como poderoso argumento Watson predica sobre la ciencia que es un depósito de hechos objetivos y por tanto incontrovertidos; por ejemplo dice: “…debemos basar nuestra visión del mundo… en los hechos… y no en lo que nos gustaría que ocurriera”. En el contexto de una concepción así de la ciencia no es posible increpar el dicho de que es un hecho que las razas difieren en su nivel de inteligencia en tanto haya un científico que asegure esto de manera objetiva.”Lo objetivo no se juzga” es una estrategia de argumentación magister dixit, evidente más aún cuando la expresa Watson.

No soy benevolente y éstas son algunas notas sobre el affaire Watson y su exculpatorio texto de The Independent, texto que delinea una imagen de la ciencia reduccionista y muy clásica, muy hecha a modo de consentir en una serie de argumentos falaces sobre la “verdad”, los “hechos”, la “objetividad”, palabras de alto contenido semántico para los filósofos de la ciencia, pero peligrosas en el dixit del magister que más que estúpido es racista y ante eso no hay que conceder.


jueves, septiembre 20, 2007

Enemigos de paja


Con ocasión de un asunto académico me vi enfrentado a un crítico de la ciencia. Como dice Neruda: "lanzado con dientes y cuchillos", "con diccionario" "y citas respetables" contra un pequeño ensayo de mi autoría y una fundamental imagen de lo que debe ser un curso de Teoría General de Sistemas (TGS) para estudiantes de ingeniería. Fui calificado de cientificista.

Como biólogo me he sentido un buen traidor, pues desde hace años hasta esa ocasión en que fui tildado de cientificista, siempre pensé que yo mismo era un crítico más del mito de la ciencia. Cosa más rara, pues en voz de mi crítico, era yo un artífice de la imagen más ingenua y clásica de esa cosa desdeñable, ortodoxa y dogmática llamada ciencia, en contraste, por cierto, con la elevadísima reflexión filosófica que practica mi crítico.

El contexto de la discusión resulta medianamente importante: una evaluación de mi labor docente en la cátedra de TGS, una materia formativa de futuros ingenieros en una universidad pública con afán tecnológico. Enfrentado con el análisis de los sistemas, el tono de mi curso siempre ha sido (en ese orden): plantear, discutir, utilizar y problematizar aquellas herramientas teóricas y metodológicas necesarias e indispensables para analizar el comportamiento de sistemas en un nivel, que de cuño propio en el curso he denominado "interesante" en contraste con un nivel "ingenuo". Los ejemplos de sistemas biológicos abundan.

La diana del crítico fue esa: una exacerbada recurrencia a estos temas, a estas herramientas, a su uso, frente a un tono del curso en el que sugería en contraste la reproblematización del mito de la ciencia materialista. El tema en sí mismo me pareció interesante pero la crítica injustificada: se trataba de un curso de TGS, no de un curso de filosofía de la ciencia. Pero asumiendo la discusión sobre la ciencia en el plano de la filosofía me di cuenta de otra cosa: la falta de conocimiento y abundancia de prejuicios en contra de la misma filosofía de la ciencia: o peor aún, la asunción de que un filósofo de la ciencia es un positivista lógico o un apologista de la ciencia.

En lo particular me parece fundamental que los curricula de los ingenieros y científicos incluyan cursos de filosofía de la ciencia y de la tecnología (eso para mí significa la apertura de un terreno laboral que apenas existe en México), así como cursos de ciencia, tecnología y sociedad; el punto es que a mi entender el curso discutido no era uno de estos y más bien uno tiene que echar mano de la libertad de cátedra para sumergirse ocasionalmente, más o menos, con mayor o menor seriedad, en temas de filosofía de la ciencia adyacentes a la teoría del caos, teoría de la decisión, entre otros temas revisados; eso lo hago y en ese sentido la crítica hacia mi curso no me pareció más que injustificada.

La ocasión me dejó pensando varias cosas; entre ellas si me hice de una buena evaluación y por otro lado qué otra razón podría haber en un ataque tan feroz (que al final fue la motivación de mi crítico), más feroz que los que yo hago, en contra de la ciencia y un prejuicio tan marcado contra la filosofía de la ciencia. En realidad yo nunca he atacado a la actividad científica, más bien he dicho que esta no es lo que se nos quiere hacer creer, sino algo más social y terrenal. Asumiendo al tiempo posturas metafísicas y epistemológicas, yo hago filosofía de la ciencia, no soy apologista de segundo orden de la ciencia. El punto es que dentro de las posibles respuestas a la segunda cuestión hay una consecuencia que me inquieta: el prejuicio en contra de la filosofía de la ciencia por parte, no del hombre de la calle, ni del científico ¡sino del mismo filósofo!

Cuando recuerdo la anécdota de la otoñal filósofa que en mi cara me espetó que la filosofía de la ciencia no era filosofía, cuando encuentro críticos pedantes que consideran a la filosofía de la ciencia una curiosidad frente a la elevadísima reflexión filosófica (y a la filosofía de las disciplinas particulares una ocurrencia frente a la edificación de monumentos filosóficos), me parece que se están peleando con un muerto viviente, con una quimera o bien con sus propias pesadillas. Resulta que todas estas críticas contra la filosofía de la ciencia parecen concentradas contra aseveraciones tan fuertes como las del positivismo lógico que en las primeras décadas del siglo XX aseguró que sólo la filosofía de la ciencia era filosofía, lo demás pura poesía.

Y sobre ese punto se enfrentan algunos vivos y los muertos: en si la filosofía de la ciencia es filosofía y si la filosofía de la ciencia es la única forma de filosofía. Los malos filósofos, lo digo una y otra vez, hacen enemigos de paja para derribarlos con elegancia. Asumir que los filósofos de la ciencia somos lo mismo, somos todos positivistas o bien apologistas de la ciencia es una perspectiva limitada, pero sobre todo una postura cómoda para no entrar en una discusión seria: el desprecio a la ciencia es la estrategia para los filósofos que no saben de ciencia y no tienen la más mínima intención de aprender. Tildar de cientificista a todo aquel que reproblematicé a la ciencia y la considere (en lugar de despreciarla por su pretendido rechazo de la metafísica) es la majestuosa patada contra un enemigo que no existe.
Mi crítico me hizo ver que yo evadía ciertas preguntas, yo no tuve interés en una escenificación de la Guerra de las ciencias que derramara innecesariamente argumentos necios. Mi crítico me invito a que tras bambalinas, es decir en esa evaluación frente a los otros jurados y con ausencia de estudiantes, discutiéramos los problemas conceptuales de la ciencia y de TGS, yo me rehusé por la extensión de la tarea y porque más bien yo le invité a reflexionar públicamente en los temas que deben revisarse en el curso: la negativa me resultó una evidencia de mi tesis: los filósofos que desprecian la ciencia tienen como razón la ignorancia científica. ¡Allá ellos! a mí sí me interesa la filosofía.

viernes, septiembre 07, 2007

¿Y qué pues con la filosofía de la ciencia?

Una reunión, unos medios desconocidos en alguna casa de La Condesa, tierra de cafés y “posers” que pagan rentas carísimas con tal de separarse de la broza chilanga, popular, de mal gusto, inculta y escandalosa de los barrios “X”. Al final de la reunión una mujer, desvelada estudiante de filosofía de la Facultad de Filos de la UNAM, entrada en años y con nietos me pregunta si soy filósofo. Respondo de manera negativa y le digo la terrible verdad: soy biólogo y doctorante de filosofía de la ciencia. La respuesta es contundente: “¡ahhh! Eso no es filosofía, es pura lógica”.

Hace unos meses presté a un filósofo uno de mis libros favoritos: Science Studies Reader, una compilación extraordinaria de M. Biagioli de estudios contemporáneos sobre ciencia y tecnología que llevo de ciudad en ciudad en la que vivo; de universidad en universidad pensando en que ahora sí puedo armar un curso de estudios de la ciencia con ese texto básico. Lo presto a un filósofo y me lo regresa diciendo: “no, yo la verdad es que cuando pienso en filosofía de la ciencia pienso en Aristóteles, Kant, no sé, filosofía… filosofía”. Mi libro con textos de Latour, Bourdieu, Callon, entre otros posmodernos fue mandando directamente a la goma porque no era filosofía, lo que se llama filosofía. Los autores eran unos completos desconocidos (excluidos del panteón filosófico que ha hecho la pedantería académica) para el evaluador de mi querido verde libro.

Y aún con mis convicciones bien planteadas, cada que un filósofo o un científico pone cara de “¿qué es eso de la filosofía de la ciencia”?, siento que la posibilidad de un espacio institucional en algún departamento de ciencias o filosofía en alguna universidad se cierra, desaparece, no llega a nacer y se escapa de los planes de esos "golden" burócratas que tienen copados los puestos importantes de las universidades. Eso me causa angustia.

Pero más allá de la inquietud por los medios para darme una vida más decente que mis conocidos que estudiaron una modesta licenciatura administrativa, la pregunta que siempre sale como una nata decantable de mis preocupaciones prácticas es: “¿la neta, la neta, sirve de algo lo que hago?”, “¿sirve de algo la filosofía de la ciencia?”, más aún y ya en el fondo de la cavilación siempre caigo en la misma pregunta “¿qué es la filosofía de la ciencia?”, pregunta cuya respuesta es ingente cuando uno quiere vendersela a una universidad, a un evaluador, al que revisa el reporte anual de actividades académicas y aprueba los proyectos.

Mi respuesta personal es general aunque por lo mismo totipotencial: en efecto la filosofía de la ciencia es lógica, es algo “serio” como revivir los manoseadísimos cadáveres de Aristóteles y Kant para exigirles de nuevo que digan lo que han dicho mil veces para reinterpretarlo, pero, siempre pienso, es algo más: es la mirada natural de segundo orden sobre lo que la gente dice que es la ciencia. Es muchas cosas: es problematizar la metodología, las explicaciones, la demarcación, la objetividad, la formalización, la objetividad, la pureza, el problema de la subdeterminación, el problema de la referencia, es muchas cosas, tantas como cabezas de filósofos estén seriamente comprometidos con meterle las manos y los argumentos a esa cosa que se llama ciencia, con ideas propias y adorando al panteón de filósofos pero dejándolos descansar en paz. Es todo y nada, es indefinible en tanto las definiciones sirven para excluir y creo que en la filosofía de la ciencia todo se vale: incluso aquellas cosas que la otoñal filósofa en ciernes y el filósofo filoso dijeron que no era filosofía.

Y ese es el punto al que siempre llego, personalmente la filosofía de la ciencia no es el reconocimiento de las tradiciones, sino el desconocimiento de lo heredado. Es un proyecto personal de rebeldía en contra de aquellos que dicen cómo es la ciencia pero nunca han hecho ciencia y contra aquellos que hacen ciencia, pero jamás la han cuestionado. De eso se trata: de sumarse al esfuerzo beligerante de derrocar una falsa imagen de la ciencia, para mí es un proyecto político porque la ciencia es política por otros medios.

En fin, se trata de replantear una imagen nueva de la ciencia, y recuperar al fenómeno como una expresión de lo humano, asumir un relativismo beligerante y defenderlo, no como un acto terrorista (bueno, sí, ¡un poco!)en contra de ninguna de otras posturas, se trata más bien de explorar las posibles herramientas conceptuales y metodológicas que permitan vislumbrar soluciones a los problemas que se plantean al pensar en la ciencia como fenómeno natural. Creo, como responsabilidad personal la de no reificar disputas acerca de la defensa y ataque a la ciencia; ésta como fenómeno social es, está presente y es omnipresente en las sociedades contemporáneas; el fenómeno social de la ciencia está ahí y eso no debe sorprender a nadie, sino más bien motivar a los interesados a encontrar en toda la pluralidad y diversidad de posturas sobre la ciencia, las herramientas metodológicas, teóricas y prácticas que permitan reflexionar sobre ese fenómeno, en esa cosa que llamamos ciencia, y que es parte importante de nuestra realidad social.

jueves, junio 14, 2007

Miedo a generalizar

"Miedo a generalizar" es un blog nuevo, de otra filósofa de la ciencia que explora sus propios temas y somete sus propias ideas a los vendabales de sus consecuencias (como dijo Octavio Paz).
Bien por un nuevo espacio y bien por recordar en el propio que yo tenía un compromiso conmigo mismo y con mi propio Blog, "Vestir pulgas" es conocido comprobadamente por otra persona además de su propio autor y creo que para como está de saturada la blogosfera eso es cosa de admirarse.
Y como "Miedo a generalizar" se encarga de sostenerse sobre sus propios pies, no me queda más que justificar el origen de "Vestir Pulgas" otra vez con referencia a O. Paz y con la excusa, ante un lógicamente posible, pero prácticamente improbable lector, por lo añeja e imperfecta de la justificación de este esfuercito por vestir mirruñas artropódicas.
Vestir pulgas
La ciencia pocas veces acepta análisis superficiales, es una actividad intelectual que generalmente va en contra del sentido común, basta embrollarse pensando en la paradoja de los gemelos o revisar el proceso que lleva a cabo una planta para hacerse de materia corporal. Mientras que el tiempo sigue siendo para muchas personas una rígida medida alejada de la materia y el cuerpo de los árboles no más que agua y tierra, la ciencia avanza divergiendo en muchos campos altamente especializados.

La tarea científica abarca un campo de conocimientos enorme, al grado de que cualquier investigador fuera de su área de especialización es un lego más; la realidad propia de la ciencia está fragmentada. Además, si se considera que los seres humanos, todos en general, para comunicarnos traslapamos en distintos puntos la propia interpretación de la realidad y que ésta es distinta para cada persona, diferente en cada grupo social y en cada momento histórico, se cae en la cuenta de que el mundo nunca ha sido el mismo para todos nosotros.

La inconmensurabilidad, concepto importante en la filosofía de la ciencia de este siglo, nos hace ver al mundo como una suma de realidades, personales o de distintos grupos sociales, además de que nos presenta a la ciencia como una forma más de conocimiento, alejada de la objetividad pretendida en los modelos decimonónicos de ésta.

Cualquier análisis llevado a sus últimas instancias nos hace caer en la desesperanza. Así al final del siglo, del milenio también, la ciencia se nos presenta como la interpretación de la realidad que ha tenido más aplicaciones y en eso basa su coherencia, pero también se muestra como objeto digno de un análisis receloso como formadora de modelos que describen realidades distintas en diferentes contextos. No sabemos si vamos por el camino correcto, sólo que andar sobre éste ha sido efectivo en muchos casos.

Divulgar la ciencia, cuando no sabemos sobre la naturaleza exacta de ésta forma de conocimiento, resulta por lo menos desalentador, pero por otro lado se muestra como la única solución para aproximar distintas realidades, como un esfuerzo de comunicación en un mundo fragmentado. Además la voluntad que lleva a una publicación como ésta parte del intento de salvación de las facultades que se pierden o se dejan de ver en una sociedad totalitaria, eficiente, de producción en serie; la creación personal y el gusto por sus resultados, nos acerca cada vez más, parafraseando a Paz, al arte difícil, exquisito e inútil de vestir pulgas.

martes, mayo 22, 2007

La tragedia de la educación

Una opinión interesante del divulgador Javier Flores en La Jornada

sábado, febrero 24, 2007

Militares y VIH

El asunto ha dado mucho de que hablar y hay dos grandes puntos de vista. Lo que yo me pregunto es si todos advierten que la discusión en la corte y lo álgido del tema no es por cuanto toca a que si las personas con VIH deben o no ser discriminadas, sino al hecho de que se está discutiendo el tema en las fuerzas armadas; institución que fundamenta su eficacia, entre otras cosas, sobre la apitud física y la salud de sus elementos ¿No es ese el gran tema?
Una selección de notas:

viernes, febrero 16, 2007

Cine, realidad y ficción


Como parte de las sesiones de cine de cada jueves en la UNPA LB se me ocurrió este ciclo de ficción y realidad. Si alguien está cerca de la cuenca del Papalopan y no tiene nada mejor que hacer pues caígale a la universidad de la otrora capital mundial de la piña.


Ciclo: Ciencia ficción y realidad



El género de la ciencia ficción ha tratado con insistencia el tema de la posibilidad de que los seres humanos se enfrenten con revelaciones extremas: que lo que se tiene por real o cierto no sea más que sueño o ilusión. En cierto sentido el tema es una recurrencia al antiguo planteamiento del filósofo francés René Descartes quien sostuvo que era razonable la idea de que lo que se tuviera por real no fuera más que un sueño vívido. La serie de cuatro películas programadas en este ciclo intentan aproximarse a la idea planteada por el filósofo desde ángulos distintos. Por otro lado su programación responde a un intento de hacer una relectura de la ciencia ficción que al pasar por la exhibición comercial, o convertirse en fenómeno comercial, no es apreciada en un contexto más profundo y significativo con respecto a los viejos problemas del ser humano que cuestiona su propia naturaleza.
Las cuatro películas programadas difieren entre sí por varios aspectos, los más significativos son su éxito comercial y calidad cinematográfica. Tienen en común ser parte del género de ciencia ficción.
Se proyectan en el espacio habitual de la proyección de cine en la UNPA, Loma Bonita, jueves a partir del 1 de febrero de 2007, 18:00 hrs.


Jueves 1 de febrero: The Matrix (Wachowski Brothers, 1999).
Jueves 8 de febrero: El piso 13. (The Thirteenth Floor, Josef Rusnak, 1999).
Jueves 15 de febrero: Ciudad en Tinieblas. (Dark City, Alex Proyas, 1998).

Jueves 22 de febrero: Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michael Gondry, 2004).

miércoles, octubre 18, 2006

Cambio climático global y el estado de miedo

Cambio climático global y el estado de miedo.

A propósito de Crichton, M., State of fear, Harper Collins, 2005.

Michael Crichton es un escritor que ha dedicado parte de su obra a un tipo de ciencia ficción bien documentada en lo que a contenidos científicos se refiere (Parque Jurásico es una de sus novelas más conocidas o bien más publicitadas por la adaptación al cine del mismo nombre). La más reciente de sus obras publicadas State of fear (Harper Collins, 2005) (Estado de miedo, Plaza & Janes, 2005), es de la misma manera una obra cimentada en una buena cantidad de referencias que el autor remite a lo largo de su novela y que al final de cuentas la convierten en un reto para los que siempre hemos creído, como dogma y fe, en la realidad del cambio climático global.

State of fear es una novela y en esos términos se trata de una ficción que sin embargo reta al lector a revisar su creencia en la teoría del aumento gradual de las temperaturas de nuestro planeta como efecto de la liberación indiscriminada de gases de efecto invernadero, principalmente desde los países más industrializados. En un tono inverosímil a veces, State of fear relata el periplo de un abogado californiano, Peter Evans, que se ve involuntariamente implicado en la aventura de detener y desenmarañar los planes de un grupo de ambientalistas radicales que llevan al límite sus métodos para obtener atención pública provocando ellos mismos, y con la ayuda de tecnología muy avanzada, desastres que aparenten ser naturales y que involucran la muerte de muchas personas; una especie de ataque terrorista-ambiental de autopropaganda. En el camino, Evans pasa de ser un ambientalista convencido a un escéptico que advierte que gran parte de lo que creemos sobre el cambio climático no es más que el resultado de un montaje diseñado con el fin de provocar en todos los habitantes del planeta un perpetuo estado de miedo, algo así como lo que el presidente Bush ha logrado en la sociedad norteamericana: un sentimiento generalizado de pánico irracional frente a una multitud de riesgos y enemigos desconocidos.

A lo largo de la novela, Crichton sostiene en distintos pasajes y en diferentes oportunidades que más allá de la ficción, la opinión sobre el tema de la mayoría de los ciudadanos se basa en una estimación incorrecta de las evidencias por falta de cierta cultura científica y exceso de un afán redentor y esnob, amén de otras causas importantes: una aguda desinformación, un manejo parcial, ingenuo y doloso del tema por parte de los medios y una falta de consenso entre los mismos científicos. Crichton además, demuestra estar familiarizado con las arenas en las que oficialmente se debate sobre el mismo tema, así remite una serie de estudios que encaran y niegan los efectos del calentamiento global; más aún, en tono metafórico describe personajes y situaciones en las que se burla del carácter dogmático de la creencia sobre el calentamiento global. En un pasaje, algún personaje superfluo, un actor de Hollywood convencido de la acción ambiental urgente pero ignorante del más básico enunciado de las ciencias ambientales, es devorado en una sangrienta ceremonia antropófaga por un grupo de nativos de alguna isla del Pacífico que momentos antes él mismo encumbra como un dechado de racionalidad ambiental y de candor nativo a los que el mundo occidental debería regresar.

Más allá de postularse como un enemigo de la teoría del calentamiento global, Crichton con este “pageturner” quiere llamar la atención sobre varios temas importantes frente a una inconsciente y desinformada aceptación de la teoría por parte de la mayoría del público. Al final del libro, en una adenda el autor acepta que su obra puede mover a la polémica y al desconcierto, por lo que aventura sus puntos de vista, reales e informados sobre el tema; al final concluye en la tesis que sostiene el desarrollo de ésta: las evidencias científicas sobre el calentamiento global no son concluyentes de ninguna manera y existe un atentando contra los habitantes del globo cuando se les induce a la desinformación y a la opinión estandarizada de que el fenómeno es un hecho irrefutable y comprobado. Su defensa a la ciencia es, además, patente: la falta de capacidad y conocimiento que demuestran los medios cuando resumen y caricaturizan los estudios científicos, es parte del origen de esta desinformación generalizada, amén del amarillismo que pulula como el mejor vehículo de ventas de los medios.

Nada para espantarse, State o fear no es una afrenta contra nadie sino un intento por hacer que el público que consume alertas sobre la fundición de los polos y cifras de extinción de especies animales y vegetales, reconsidere racionalmente su adhesión y sus miedos ambientales. No se trata del libro de Crichton, de parte del plan de aquellos poderosos que están en contra de que se revele la veracidad de los peligros ambientales por ánimo de continuar con sus industrias millonarias y contaminantes (por lo menos así lo expresa el mismo autor en alguno de los apéndices del libro). Se trata de una llamada de atención para reflexionar sobre el origen y justificación de estos miedos frente a estados totalitarios que controlan a las masas con el aparato ideológico del miedo. La toma de postura sobre el tema, dice Crichton, no debe ser un asunto de dogma, de fe, sino el resultado de un ejercicio de la razón frente a la evidencia.

Inverosímil a veces, cargada de una fuerte propaganda contra un ambientalismo esnob y ortodoxo, la novela de Crichton a veces deja muy de lado el ángulo narrativo y literario por centrarse en la exposición de argumentos. Por otro lado las aventuras narradas, sin embargo, sí que prenden la atención del lector y convierte a este en un auténtico “pageturner” entretenido y poco ambicioso en términos literarios, aunque singularmente lleno de referencias, citas y contenido científico sobre el tema central. Recomendable para los adoradores de intrigas, la ciencia ficción y en general todos aquellos géneros que van dando tumbos entre la ciencia, la divulgación y especulación científica y la literatura.

jueves, abril 13, 2006

SIDA y VIH ¿Hipótesis alternativas? (2)


Recordando el debate sobre la naturaleza del SIDA y el VIH.


Ha pasado históricamente que entidades nosológicas (las enfermedades pues) que tienen cierta naturaleza en el marco de una concepción sobre la patológico y lo biológico, se han disuelto y se han reconfigurado en algo distinto en el contexto de una concepción nueva, alternativa y distinta a la anterior: “en una ontología distinta de lo vivo y de la enfermedad” (como diría un filósofo de la medicina o la biología). En palabras llanas y como ejemplo: la sífilis llegó a ser considerada una enfermedad causada por el pecado y la concupiscencia, por la alineación de los astros, recientemente en la historia de la humanidad, en el siglo XIX, la sífilis era considerada un mal hereditario (no congénita, “hereditaria” con todas sus letras) y había explicaciones y mecanismos causales, por ejemplo, para dar cuenta de cómo se transmitía de los padres (varones) a los hijos sin causar infección alguna en la madre. Es más había disposiciones legales para evitar la herencia de la sífilis (En México la ley de Relaciones Familiares de 1917 estipula claramente el interés del Estado por erradicar la sífilis hereditaria, así como otros males trasmitidos a los hijos por la misma vía, como la proclividad a ser ebrio). En fin, en cuanto al cuerpo humano y la enfermedad, la historia de las ciencias de lo biológico no es un cuento de proezas y mejoras sistemáticas (como parece tampoco ha sido la historia de ninguna ciencia), ni siquiera es un devenir en el que se van corrigiendo los errores no solucionados en tiempos pretéritos y rectificando sobre el camino del progreso, más bien la historia parece el diario de un loco que un día puede describir su mundo y sus objetos con una imagen y una relación dada, para otro día describir un mundo alternativo con otra estructura de relaciones, con otros objetos y otras relaciones entre ellos, así sucesivamente durante toda su vida o bien así sucesivamente durante el devenir del pensamiento biológico sobre lo patológico a través de los tiempos. ¿No será entonces que sobre el SIDA pueda pasar lo mismo y mientras la ciencia actualmente “salva las apariencias” con tesis autorizadas y universales, pueda ser posible que existan otras que sean alternativas, que postulen al SIDA como una entidad nosológica distinta (con un nombre distinto, con mecanismos de acción distintos, con causas distintas) o bien la diluyan para postular otra enfermedad, otro síndrome o simplemente un proceso biológico o incluso evolutivo como especula fantasiosamente la novela de Greg Bear La Radio de Darwin? ¿Será conveniente prestarles atención a las hipótesis alternativas? ¿En base a qué criterios podemos o debemos elegir racionalmente entre las tesis?


¿Un criterio práctico?: Es decir, escoger tal o cual hipótesis pues da cuenta de los fenómenos de manera que permite más capacidad de acción, predicción y control sobre la patología.


¿Un criterio epistemológico? Es decir, escoger un tesis sobre otra en base a que una de ellas parece aportar más herramientas o un acercamiento que consideramos más prudente para el conocimiento del fenómeno patológico; un acceso más privilegiado, directo, sencillo y confiable al conocimiento del fenómeno.


¿Un criterio epistemológico-operativo? Escoger tal o cual en virtud de un combinación de beneficios operativos y epistemológicos: más conocimiento: mayor control.


¿Un criterio comercial?: Escoger tal o cual explicación y la apoyamos a ultranza en virtud de los beneficios económicos financieros que nos prodiga por la venta de medicamentos que de acuerdo a tal explicación son efectivos, medianamente efectivos o pobremente efectivos. Según muchos críticos de las explicaciones canónicas del SIDA las farmacéuticas sostienen este tipo de criterio en contra del beneficio público.

En fin, la revisión y la conclusión sobre un tema tan espinoso y complicado se antoja difícil, más aún cuando frecuentemente sobre el tema se encara un frente de científicos no ilustrados que no aceptan la revisión y la reflexión filosófica sobre los dictums que sostienen, con otro que ve conspiraciones y “complós” de escala mundial en contra del bien social. La cosa además no resulta de fácil resolución en virtud de principios más o menos conocidos en la filosofía de la ciencia: según el principio de indeterminación de las teorías por virtud de la evidencia empírica, los criterios para seleccionar entre tesis que se niegan mutuamente y que se refieren la misma clase de fenómenos son de cualquier tipo, menos lo que comúnmente consideramos como criterios científicos y objetivos.